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Huellas Foramontanas.... por Enrique Munarriz

31 OCTUBRE 2012 | Cultura

Una vez que Virgen de la Peña está vencida, lo primero que se avista es esa Luzmela que huele a literatura, con su sol tibio de otoño, con su belleza noble después de años de rehabilitación. Cuando vivió Concha Espina por aquí, su vecina más ilustre, con su humilde vaivén de gigante de las letras, el poblacho era un conjunto de casonas salpicadas entre el prau, un reflejo en el espejo de cualquier otro municipio de la zona.

Al llegar ahora a Mazcuerras, rebautizada con el paso del tiempo, un crío salta a la plaza de, como no, Concha Espina dispuesto a jugar a los bolos con su abuelo. No hay nadie más en Mazcuerras. Los pueblos de aquí, lo descubrimos más adelante, tienen un insomnio laborioso, un despertar al alba en el sosegado devenir del otoño. También una ingenuidad y una dignidad mezcladas, una sobriedad de bastantes millas que ya es difícil ver en núcleos urbanos más grandes. Por algo fue elegido pueblo de Cantabria 2008. Por algo aquello de Víctor dela Serna: “Aquí comienza esta cosa inmensa e indestructible que llamamos España”. 

Aquí, por trazar un kilómetro cero, pero realmente se inicia en la puerta de cada casa, de cada paisano que cogió sus cosas con una mano delante y otra detrás y partió para repoblar hace once siglos las llanuras castellanas en la época de Reconquista. Porquela Ruta Foramontanospretende descifrar hasta más allá de los confines de Campoo la revelación sencilla de estos campos, el biselado expresionista de unos años de gente ajada, de luto y arrope, de burro y fonda, en busca de un futuro mejor. Una estampa que hoy resulta, quizá, algo desvaída.

 

Sucede en Mazcuerras como en otros tantos rincones montañeses: el tiempo viaja lento por las venas, lleva una sístole de sueño. Es la demora del campo, que nada tiene que ver con la urgencia redicha de las ciudades. Y así se conserva intacta su fisonomía de antaño, su fincas, sus casonas, todas de piedra, madera y teja con aleros y solanas floridas y torneadas, y, otra vez, siempre inmortal, Concha Espina. Es una hermosa estatua, serena, con su pluma y papel en mano, que vigila sentada Las Magnolias, la residencia que habitó durante su vida. También pasó grandes temporadas Josefina Aldecoa, en una casa de indiano tan bella como su jardín.

Enfilando las viejas carreteras, seducido por la belleza de Cos, uno puede tirar el coche para acumular silencio y destrenzar olvido. Quizás sea ese el sentido real de un viaje así. El silencio emana de todos los puntos cardinales. El campo camaleónico muta de colores por estas fechas y el río Saja lleva el gaznate desnudo, seco, sin el agua que llena de vida sus alrededores. Espera la caída de las hojas del calendario para que su cuerpo ajado, después de un estío extremadamente seco, calme su sed con el deshielo dentro de unos meses. 

 

Antes de pasar el puente de Santa Lucía, dirección Carrejo, se alza el monumento a los Foramontanos con la inscripción antes mencionada. Aquí se puede comer en sus múltiples fondas de espacios abiertos al aire puro mientras se descubren sus hayedos y castañales, que crean un clima mágico. Perfecto para darse el último baño de la temporada antes de guardar el bañador o coger las botas y perderse por las sendas que lo recorren.

El repertorio de rutas que ofrece la salida desde Santa Lucía es ancho y rico. De un lado, el valle de Cabuérniga y Ucieda, salvaje  y espacioso, con sus pueblos llenos de encanto y su naturaleza virgen. De otro, en el que se centra este viaje, Cabezón dela Sal, con su casco antiguo y tradición arquitectónica desde el Siglo XVI hasta la actualidad, Mazcuerras y Ruente.La Ruta Foramontanos esconde algunos de los mejores secretos de Cantabria. No sólo en su extraordinaria gastronomía, de la que destacan las alubias blancas y rojas, las setas, o las carnes de vacuno y caza, además las truchas del río. Sin olvidar uno de los guisos estrella: el cocido montañés. Y el cordero. Y el rabo de toro de Tudanca. Y el vino blanco de Nava. Estos platos dan cuerpo a la oferta de las casas de comidas de la zona, como es el caso deLa Nogalea. Innumerables establecimientos ya se han dejado seducir por la marca Foramontanos y han diseñados menús y ofertas para los visitantes. 

 

De regreso a la senda y a los silencios, otra de las múltiples alternativas que ofrece este misterioso espacio donde conviven tradición y presente es el descubrimiento deLa Fuentonade Ruente, donde la leyenda dice que una anjana habita en sus profundidades y corta el agua a su antojo. Es esta una zona alejada de épicas, levantada con un esfuerzo de gentes en su siglo.De esa Cantabria de carros, plazuelas y bueyes rubios y pardos no queda más que la nobleza de los olmos y las cicatrices dulces de los ríos Saja y Nansa, la limpia minería de sal y las soberbias fachadas de piedra y casta montañesa que esperan el paso de los siglos, desafiantes con sus escudos heráldicos.

Y tras el silencio, de regreso al mundanal ruido, tras un paseo por Carrejo, con parada en el museo dela Naturaleza, donde se muestran los variados ecosistemas existentes en la región, en el que es posible ver una amplia representación de la fauna de la zona y cuya sede está declarada Bien de Interés Cultural, se llega al camino real de Cabezón dela Sal, por donde pasó Carlos V en su primer viaje a España y cuyo origen se remonta a la invasión romana, época en la que era una importante área de extracción de sal. De aquel tiempo se conservan su arquitectura tradicional, donde casas en hilera y casonas montañesas permanecen inalterables al paso del tiempo, así como el escalofriante calabozo (siglo XVIII), ubicado a la entrada del municipio, donde se puede visitar el cuarto del alguacil y la zona donde se encerraba a los presos. En línea recta, pasando las vías del tren, se descubre el Museo del Traje Regional, con una exposición permanente de los principales trajes cántabros e instrumentos musicales utilizados en bailes populares, convirtiéndose en el santo grial del folclore. 

Merece la pena salir del casco urbano para viajar hacia tiempos pretéritos. Cuando uno se adentra en la elevación montañosa del Picu la Torre, la luz baña los tejados de brezo y paja. Las grietas de  las paredes de adobe de las cabañas transportan al visitante hasta hace más de 2000 años. Los restos de castro que protegen las residencias de los antiguos pobladores, que tanto tardaron en someterse a los romanos, permiten conocer cómo vivieron en aquella época. Al atravesar las murallas aparecen las diminutas residencias de planta redonda y rectangular, donde piedra, madera, barro y escoba vegetal han sido las únicas materias primas para su construcción. En su interior, hay restos del fuego que usaban para cocinar su caza y para pasar los fríos inviernos, así como las camas que habilitaban con pieles de animales.

Y tras la caminata, de regreso a casa, con el sol menguando en el horizonte, de nuevo la certeza de que hay un silencio distinto que aloja su bruma y su verdad en estas tierras. Mientras en Casar rompe el aire en la fachada barroca del Palacio de Jesús de Monasterio, como un callado aquelarre.

 

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